El gran esfuerzo de comer bien

Me hace muchísima gracia cuando escucho a gente decir que comer bien es fácil, pero mucha gracia. Es teóricamente fácil, sin duda, las reglas son sencillísimas, coges el susodicho plato de Harvard, y dices, la mitad verdura, planto un brócoli, un cuarto de hidratos, pasta, y un cuarto proteína, pechuga de pollo. Y ahora lo preparas y te lo comes…

 

Amigo! Si todos sois como yo, que no soy para nada buena cocinera, que me acerco a la cocina para pasar el menor tiempo posible en ella y que cuando veo esas 3 cosas sólo veo una pizza flotando encima, lo de fácil me parece un choteo de principio a fin.

 

Esos que hablan de facilidad son los que tienen la suerte de ser manitas y disfrutar en la cocina, o de los que no disfrutan comiendo. Nadie habla que hay gente que no disfruta comiendo, que comer es un trámite, que para ellos la comida no es la alegría de sus días y el consuelo de sus penas, que no es un acto social que les retrotrae a su infancia y a los olores y sabores de los que atiborrarte para sentir cerca a los que ya no están. Existe parte de nuestra raza que no son comedores emocionales, y claro, para ellos es fácil comer bien porque no necesitan hacer un festín de cada comida, si no sólo comer.

 

Pero a mi estos dos grupos no me interesan, a mi me interesan los que como yo no pertenecemos a ninguno de ellos, los que disfrutamos comiendo y viendo comida, y a los que la estética incluso nos marca si un plato pasa la criba o no.

 

Apúntate a nuestra lista de espera Déjanos tu email para avisarte tan pronto este producto vuelva a tener stock, te llegará un acceso directo a la compra y serás el primero en recibirlo