We´re here - Parte III

Al volver del primer viaje en furgo, se lo contábamos a todos nuestros amigos, familiares y conocidos a los que íbamos viendo. En eso también me parezco a mi padre. Me encanta compartir las experiencias que vivo y más una como ésta, pero si alguien le conoce, aún me da mil vueltas como narrador de historias. Aunque no lo tuvimos que hacer tan mal, ya que al año siguiente decidieron acompañarnos dos amigos nuestros.

Un mes antes de salir, empezamos con los preparativos. A la furgoneta de María y Jano le pusimos en el interior unas patas de madera  para colocar una tabla encima y que pudiesen dormir sobre ella. A la nuestra le hicimos una estructura de madera para no tener que poner el colchón al ras del suelo y además, tener espacio debajo para la ropa, la despensa y otros trastos. Este verano teníamos que ser más “pros” que el anterior.

Para cambiar un poco la sintonía del viaje respecto con el del año anterior, decidimos empezar por el Sur. Faro fue nuestro primer stop, así que nos hicimos Madrid-Faro de carrerilla. Cuando llegamos, ya era noche cerrada y tocaba montar por primera vez el chiringuito (ahora era más divertido porque teníamos dos furgos). A Walter y a mí no se nos había olvidado lo que era. Además, nuestro “nidito de amor” siempre estaba listo, en cambio, fue gracioso ver cómo se organizaba la otra pareja el primer día, ya que su mecanismo era más complejo que el nuestro. Esa noche marcó el resto, se aprendieron los pasos a seguir y ganaron el premio de compenetración y practicidad.

Como consejo – y sobre todo si viajáis en verano –  intentad poner la furgoneta a la sombra, ya que por la mañana el calor es insoportable. ¡Vamos! El despertador de las vacaciones, aunque Portugal es un buen destino para viajar en estas fechas porque las noches son fresquitas. Tras un desayuno de 3 horas y otras 2 de recoger, teníamos que movernos, ¡venían los mosquitos!.

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Llegamos a Lagoa, dónde pasamos el día en la playa. Al irnos, aprovechamos para rellenar las bolsas de ducha y las garrafas. La gente se quedaba alucinada, pero necesitábamos el agua para ducharnos los cuatro – a ser posible – lavarnos los dientes, fregar los platos y todo aquello que utilizáramos para cenar y desayunar. Siempre hay que ser previsor. Hay que tener en cuenta el plan que se vaya hacer después del día de playa y seguramente, al día siguiente, ya que todo es una incertidumbre.

Bien cargados, pusimos rumbo a Vila do Bispo, pasando previamente por Sagres Praia do Beliche – y por el Cabo de San Vicente. ¡No sabéis qué sitio encontramos para hospedarnos! Veníamos de acampar en los alrededores de un campo de golf, por lo que este sitio nos parecía una auténtica maravilla. Estábamos en frente de unas ruinas en lo más alto de una colina, totalmente solos ¡La gloria! Las ruinas reciben el nombre de El Fuerte de Almádena, también son conocidas como El Fuerte de la Boca del Río.

Este momento que capturé (abajo foto) fue después de habernos dado una ducha mientras preparábamos la cena. Cómo os conté en el post anterior, para ducharnos abríamos los portones de la furgoneta y cerrábamos la ducha con la cortinilla – que más tarde sirvió para alumbrar la mesa – y esta vez de alfombrilla de pies utilizamos un plástico antideslizante (podéis ver el barro como prueba). Como os he comentado, yo capturaba el momento, María y Jano cocinaban ¿Y Walter?, aprovechó para explorar el entorno.

En este lugar no teníamos ningún árbol que nos protegiese del viento, por lo que ideamos poner un pareo para frenarlo y resguardarnos del frío. Además, aprovechamos para cocinar al aire libre con el nuevo invento, aunque no fue suficiente.

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Al día siguiente, tuvimos que reponer el gas y empezar a cocinar dentro de la furgo, a lo “Breaking Bad”. Continuamos subiendo por el camino de tierra, que ésta vez nos llevó a un llano arriba de una playa surfista, junto con más furgonetas. Teníamos en frente un atardecer de película, a los vecinos pelando patatas y a Bon Iver de fondo, ¡un ambiente de lo más acogedor! Ya nos encontrábamos los cuatro en nuestra salsa y cada día que pasaba disfrutábamos más. A la mañana siguiente, Walter y Jano madrugaron para coger olas, mientras nosotras poníamos todo en orden, a la vez que recordábamos la noche anterior. Pasamos todo el día en la playa jugando a las palas y al voleibol.

De Vila do Obispo tiramos para Aljezur – que seguía siendo Algarve – dónde visitamos el pueblo y la Praia da Arrifana, ¡Preciosa! Esta playa se encuentra asentada en una bonita bahía en forma de concha y delimitada por montículos en tonos negros, entre los cuales destaca la conocida Pedra da Agulha. Un peñasco gigantesco ubicado en el mar que tiene una forma muy particular y que se ha convertido en un icono de esta zona costera.

Proseguimos por el caminito de tierra, que nos llevó a un rincón más bonito aún. Al ver nuestras caras, supimos que queríamos pasar ahí esa noche. Era la Praia da Fateixa, pero como sabéis, la zona del Algarve es una zona natural protegida, dónde se puede pasar el día, pero no pernoctar. A pesar de ello, acampamos. Nos dio tiempo a cenar y ver el atardecer, pero teníamos que buscar otro sitio para dormir, ya que el Sepna – lo que nosotros conocemos como Seprona – nos dio dos horas para movilizarnos. Por lo tanto, nos tocó hacer ruta nocturna hasta Praia de São Torpes – no os la recomendamos porque está muy cerca de una fábrica y el olor no es muy agradable – pero no nos quedaba otra, estábamos agotados.

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A la mañana siguiente, nos despertamos en ese parking lleno de coches de gente que ya estaba en la playa desde relativamente pronto y con ese ruido y olor industrial que no soportábamos después de haber estado en lugares tan pacíficos. Sin vergüenza, entre la valla que separaba la playa del parking, evacuamos y salimos dirección Comporta. Parada en Praia da Comporta. Pagamos el parking para despreocuparnos durante todo el día. Aparcamos y desayunamos con la mesa de camping debajo de un árbol. El traslado de tostadas, croissants, leche caliente para el café,  agua caliente para el té, etc. de la furgoneta a la mesa, fue una odisea. Además, por primera vez en el viaje, pudimos ir a un servicio público, el del chiringuito ¡Una pasada la sensación de utilizar wáter, lavabo y espejo de nuevo! Al caer el sol, nos fuimos todos directos a las duchas de la playa con champú, gel y toalla. Estábamos terminando de darnos la ducha cuando un hombre vino molesto a decirnos algo. Entendíamos su postura, pero no era para tanto. Recogimos y nos fuimos bien aseados.

De Comporta a Ericeira Praia de Ribeira d’Ilhas – ya visitada el año anterior, hay un Surf Restaurante & Bar. En el parking gratuito pudimos quedarnos a pernoctar  prácticamente solos. Es un sitio seguro, resguardado del viento, al lado de la playa y asfaltado, lo recomendamos al 100%. Al despertarnos a las 8:00h, estaba ya el parking a rebosar, pero a pesar de eso, montamos la mesa en medio de la acera y desayunamos debajo del portón de la furgoneta del calor que hacía. Ese día hubo discusión de parejas – a medida que pasaba el tiempo, había más confianza – que se  acentuó con el cansancio y los kilómetros. A veces se creaban estos pequeños roces, pero al final, todo se solucionaba y más, en este tipo de viajes.

De Ericeira tiramos para Peniche, donde paramos en la tienda Billabong.  De ahí, a Óbidos, la famosa “ciudad fortificada”, que a Walter le gusta tanto por sus murallas, sus calles empedradas, sus casas pintadas tradicionales y su imponente castillo medieval. Y a mí, por todo eso y por el famoso choripán. Decidimos enseñársela a Meri y a Jano, que no la conocían. El calor era aplastante, así que no paramos de tomar la famosa ginja, que es un licor de maceración de guindas muy popular en Portugal, por todos los puestos de las calles y de entrar a las tiendas para aprovechar el aire acondicionado. Se me olvidó contaros – desde el comienzo – que el aire acondicionado de la furgoneta de ellos no funcionaba y me acuerdo que se pasaban los viajes con las ventanillas bajadas (me río) ¡Eso sí que es viajar en malas condiciones!

Nazaré, nuestro penúltimo destino y me atrevo a decir que el favorito de todos. La foto que os pongo a continuación es de la puesta de sol que tuvimos al día siguiente de llegar, después de un día de playa los cuatro, surfear, dar un paseo por su infinita orilla, hacer estiramientos, dormir una siesta y darnos una ducha bien caliente con el agua del depósito que llevaba todo el día calentándose en el capó de la furgoneta.

El viaje llegaba a su fin y esa noche decidimos ir a Coímbra para despedirnos de la mejor manera.

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Tiempo después…

Meri y Jano se prometieron ese mismo verano y se acaban de ir a vivir a una casa preciosa en el Norte rodeada de verde. Hace poquito, Meri nos dio una mala noticia y quería aprovechar este momento para decir – en especial a ella – que es una valiente y que me fascina la manera en la que le sonríe a la vida y en esos 8 días me lo demostró y me lo sigue demostrando.

Walter y yo estamos planeando nuestro próximo destino, pero esta vez, de mochileros. Ya os contaré en un próximo post las aventuras y desventuras de este nuevo tipo de viaje.

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Os dejo la valoración de esta experiencia de nuestros grandes amigos y compañeros:

“Los primeros días fueron más complicados porque tuvimos que asimilar que era un viaje diferente a los que veníamos haciendo años anteriores, más de resorts en sitios recónditos y paradisíacos como Filipinas o Bali. Sin embargo, nos emocionaba la idea de este viaje, poco planificado, descubriendo lugares sobre la marcha o decidiendo si nos apetecía dormir aquí o allí, en función del paisaje y condiciones climatológicas del momento.

La primera semana fue una toma de tierra en condiciones, nos costó “lo nuestro” acostumbrarnos a esa casa que llevábamos a cuestas durante todo el día. Al principio, todo era estresante, no sabíamos donde estaba cada cosa y los tiempos que empleábamos en hacer cualquier tarea, fuera hacer el desayuno o montar la cama, se hacían eternos. Teníamos que aprender a asimilar que esto era un viaje en furgo, un viaje donde la falta de tiempo y el estrés que traíamos acumulado, tenían que pasar a un segundo plano. Ahora tocaba disfrutar de cada momento, sin prisa, sin horarios, sin tensiones, sin agobios… Solo teníamos que preocuparnos en buscar la playa del día, hacer nuestra compra y encontrar un sitio bonito y cómodo dónde dormir.

La compañía en un viaje de este tipo, es fundamental. La gente ha de ser de tu estilo y con la misma idea: disfrutar de cada momento y desconectar al máximo. Y en nuestro caso, así fue, nos fuimos con nuestros íntimos amigos Irene y Walter. Ellos ya sabían lo que era porque el año anterior habían hecho un viaje parecido, así que nos ayudaron mucho con todo e hicieron que fuera mucho más agradable.

Jano es un apasionado del surf, lo lleva practicando desde pequeño, así que también fue parte importante del viaje el ir buscando playas donde hubieran buenas olas. Portugal es un sitio espectacular para practicar este sufrido deporte. Los días los pasábamos en playas y cuando dábamos por terminada esa parte, empezábamos a organizar duchas y cena. Un ritual que a mí me encanta. Es precioso poder cenar a la luz de un candelabro y con un atardecer de fondo. Esto lo repetimos día tras día y nunca se hizo rutinario o aburrido, al revés, cada día teníamos más controlado todo, así que ya se había convertido en algo divertido.

Tengo que decir que una de mis condiciones para este viaje fue dormir en un hotel cada 4-5 días, ya que  yo no estaba acostumbrada a este tipo de aventuras y pensaba que iba ser necesario para que fuera un buen viaje. Sin embargo, ni el día de mi cumpleaños quise cambiar de entorno ni situación. No había un hotel mejor, ni mejores vistas que las que íbamos disfrutando y eligiendo día a día.
La experiencia ha sido maravillosa. El viaje increíble. La compañía incomparable. Y los sitios que descubrimos y los días que vivimos, súper recomendables. Animo a todo el mundo a hacerlo aunque sea una vez en la vida. Nosotros, a partir de esta experiencia, reconfiguraremos nuestra manera de viajar”.

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Y para rematar, termino recomendándoos un libro muy inspirador por si os he animado a hacer un viaje de este tipo.

“I Love the Seaside” es una guía basada en surf y viajes al sudoeste de Europa: Gran Bretaña, Francia, norte de España y Portugal llegando a Andalucía. Esta guía conecta a los surfistas, viajeros y lugareños señalando los mejores lugares para coger olas y pasar el rato. Está creada por personas que aman el océano, para personas que también lo aman.

Además, comparto con vosotros una playlist de un amigo mío al que le apasionan las motos, el mar y las hazañas. Me parece clave escuchar buena música para acompañar el viaje y disfrutarlo mientras ruedas.

 

Si te has quedado con ganas de más, os dejo leer el siguiente relato. Claudia Zaragoza y Félix Millet – otros buenos amigos – escribieron un breve libro acerca de sus 10 días en furgoneta por la zona de Las Landas de Francia desde Hondarribia, pasando por Sant Jean de Luz, Bayonne, Biarritz, Capbreton hasta llegar a Hossegor. Un libro con imágenes preciosas, escrito con ilusión, descubriendo otra costa y sobre todo, mostrándonos otro tipo de vista.

PINCHA AQUÍ PARA LEER LIBRO “EN RUTA”

 

Espero que os haya gustado este último post, en el que me he dejado la memoria, pero ha merecido la pena revivirlo para poder compartirlo.

¡Hasta pronto!

 

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