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LO QUE VIAJA CONMIGO

Siempre he creído que los objetos tienen alma.

No de forma mística, de forma práctica. Hay cosas que cuando las tocas cambian algo en ti. Que cuando las dejas en casa al irte de viaje te quedas huérfana. Y que cuando las tienes cerca te anclan a una versión de ti misma que funciona mejor.

Llevo años perfeccionando la lista de lo que viaja conmigo cuando voy a estar un tiempo en otro sitio. Son cuatro cosas. Siempre las mismas.

La tetera

El momento de meter una taza con agua en el microondas y luego una bolsita de té en tamaño 200ml es un no categórico. No en vacaciones, no nunca.

Tengo ya una pequeña colección de teteras, pero esta de borosilicato con su propio filtro integrado es la que viaja. El borosilicato es el material de los utensilios de laboratorio, Resistente al calor, sin sabor, sin olor, completamente neutro. Puedes calentarla directamente, verla infusionarse, rellenarla tantas veces como quieras. Cuando llegó la guardé en su caja original y sigue viajando en ella.

El ritual: agua caliente, tetera, taza grande, libro. Rellenar. Rellenar otra vez. Eso es el sumun del verano para mí.

Una luz tenue

Las casas de verano tienen una relación complicada con la iluminación. O son demasiado brillantes o son demasiado oscuras, y casi nunca tienen esa luz de las ocho de la tarde que hace que todo parezca mejor.

Me llevo esta pequeña lámpara de acero con varias intensidades táctiles. Va donde yo voy (una mesilla, un rincón, el pasillo) y crea ese camino de luz cálida que necesito para no encender el techo y arruinar el ambiente de golpe.

Los pouches

Cuando viajo no siempre elijo los bolsos más nuevos. Hago mi propio casting por amor y por color. Y eso me lleva inevitablemente a los pouches de temporadas anteriores, algunos de la primera colección, que llevan años en el armario esperando su momento.

Sacarlos es un ritual en sí mismo. Cada uno tiene recuerdos dentro, texturas que ya no hacemos, estampados de otro momento. Los mezclo con alguno nuevo que me haya enamorado esa temporada y me voy. El verano es el único momento en que el armario se permite esa mezcla de pasado y presente sin que nadie lo llame nostalgia.

La crema de manos

Viajo con dos. Una lata de Nivea azul, la de toda la vida, la que huele igual desde siempre, y el 8 Hour Cream de Elizabeth Arden, que en su edición especial pop art es además un objeto bonito en la mesilla.

El ritual de noche: embadurnarme pies y manos antes de dormir. Por la mañana, suavidad espectacular y cero talones feos. Es lo más cerca que estoy de un spa sin ser un spa.

 

Ha llegado la hora de cambiar de aires.

Siempre con diseño, siempre con cosas bonitas cerca. El verano también se cuida.

Feliz verano.

 

NUESTROS IMPRESCINDIBLES DE MILÁN

Mi amor por Milán se gestó hace poco años, un viaje de tres días buscado cerca de Madrid y boom, flechazo.